viernes, 17 de septiembre de 2010

Soledad en compañía

Compartíamos nuestros momentos de soledad, entre palabras, salidas y encuentros en la cama, pero no era amor, parecíamos una de esas parejas perfectas, pero en el fondo no éramos más que la unión de la imperfección, una burla de la soledad que ambos sentíamos en el fondo de nuestro ser, lo sabíamos, no teníamos que decir nada, lo veía en la sombra de su mirada y ella en la mía. Vivíamos entre silencios que intentábamos disimular entre palabras vacías, entre música que llenaba los espacios, estábamos juntos, evitando ser uno, sin acercarnos demasiado, evitando hacernos daño. La soledad se sentía en cada rincón de la casa, era tan inmensa que se volvía tangible en todo lo que tocábamos. Después de tener sexo —nunca hicimos el amor— estábamos aún más solos, más incompletos, pero logramos disimularlo durante años. Un día la encontré llorando en el baño, no dije nada, no me le acerqué, no hablé con ella en todo el día. Días después me dijo “Ya no aguanto la soledad que siento al estar contigo. Me iré a vivir sola.” Yo acepté el hecho sin hacer nada, apenas reaccioné. Cuando se fue mi soledad se volvió aquella del solitario, no la del solo.

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